El viaje seminal

 

Almendros en flor de finales de marzo

custodian el camino tras las últimas nieves.

 

Campos de verde y rojo bañan la vista;

negras vides ocultan sus designios de fuego.

 

Blancas sábanas de agua desenvainan

la espada de plata de la carretera.

 

Como una gota de sangre el coche se desliza raudo

filo abajo, cortando las blancas carnes de la tierra.

 

Al pasar junto al puticlub de oscuro recuerdo

el disco del 69 canta su simpatía por el diablo,

señor de las moscas.

 

A la noche, en la fría plaza, lanzo al cielo negro,

entre las grises agujas de piedra,

mi pregunta, como un cuajarón de sangre y lágrimas.

 

El cierzo se burla y me perfora los tímpanos

con agujas de hielo,

rechazándome a las oscuras criptas.

 

Grito: “¡Shiva sin su Shakti sería sólo un cadáver!”;

y al nombre de la Diosa mi copa salta en pedazos,

sembrando témpanos de alcohol.

 

En la habitación, un estruendo disipa el denso sueño:

ante mí el ángel del Paraíso blande su espada de fuego

y me fulmina con su mirada.

 

Por la mañana, en la pared chamuscada

leo el negro tizón de la respuesta:

“Ni libre ni ocupado”.

 

 

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