Invierno

La ciudad lejos

como una pesadilla que

apaga la aurora,

dulcísima caía la tarde

en aquel recodo

de la sierra.

 

La lluvia de marzo

arremolinaba murmullos

y el viento

levantaba polvaredas de

nieve en

las laderas de

los montes.

 

Llegaba el crepúsculo,

otra vez, único,

silencioso,

a sus dominios,

y allí estábamos nosotros,

bajo la lluvia,

entrando subrepticiamente

en el templo de

lo que existe.

 

De espaldas a todo

ese griterío

la noche descendía

silenciosa y en calma.

 

Los jilgueros del vallecito

teñían levemente

con su canto

el rumor de la lluvia,

delicados y valientes

como la vida.

 

Paseando solitarios

entrábamos nosotros

en la intimidad

del tiempo.

 

 

 

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