Al paso del tiempo

El rizado gitano que,

sentado en el suelo,

bastón entre manos,

mentón descansando,

observa las evoluciones de su mono

agitando la pandereta

recuerda, sin duda,

la noche que el australopithecus

alzó tontamente sus manos

queriendo coger la luna.

 

Recordará haberlo leído algún día

en su libro de palma de pirámide,

pasando las hojas milenarias

en alguna feria andaluza.

 

E, incluso, en ciertas mañanas de otoño

le habrá visto cruzando

la tierra encepillada

y habrá roto con su llanto en pedazos

la porcelana del tiempo.

 

¡Ah, qué pesadez, pensará, de las horas

que parece que no se acostumbraran

de una vez a pasar

y estuvieran siempre dudando si parar

o incluso volver atrás!

 

¡O esas colinas sesteando

sobre el horizonte como dinosaurios,

que penetran por los engranajes del tiempo

y parece que fueran a destrozarlo

definitivamente!

 

Pero nuestras vidas, se dirá, son como

las nubes

y antes de que la tristeza del mar solitario

nos haga a él volver llorando

volaremos, impecables, nuestro

destino de libertad.

 

 

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