Verano

Como náufragos recorrimos

durante todo un día en busca del mar

las tierras del sur.

Y, como el misterioso camino de la ciudad encantada,

cuanto más nos acercábamos

más lejos estaba.

Entonces me preguntaste

desde esa foto tuya del vestido blanco,

enjalbegada como una casita andaluza:

¿Dónde estaremos el año que viene?

 

Olas de nácar glauco y salado

trepaban por las ramas de los alcornoques

y en cada gaviota latía un corazón desconsolado.

En la playa descubrimos a la tierra

lavándose los pies

y el mar era un firmamento de pasiones encontradas

donde brillaban, astrales,

las plateadas sardinas

y las ínfimas caracolas

y las estrellas de mar que, ¿no sabéis?,

son las estrellas fugaces caídas al agua.

 

Entonces fuimos contando una a una nuestras olas

que venían a nosotros como el perro al amo,

nunca más cerca de lo que nuestro soberbio corazón

permitía,

hasta que un sentimiento oceánico

invadía nuestra existencia

y como dando un beso entrábamos al agua.

 

¡Galáctico trémolo de la armonía oceánica,

blancas barbas del gran Neptuno,

mil vías lácteas que, noche a noche,

recogen las aguas en su espejo de azabache

para entregarlas sumisas a nuestros pies de peregrinos!

 

¡Oh, rompiente de las olas,

donde el mar susurra al oído de la tierra

los secretos de la inmensidad!

 

¡Oh, instante perfecto como un contacto,

el rostro más hermoso del tiempo,

el gozoso verano de un año de juventud en nuestras vidas!

 

  

 

 

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